miércoles, 12 de noviembre de 2014

DE APELLIDO AMOR / Poesía de José Ignacio Restrepo



EL CONQUISTADOR

Qué nombre he de poner a esa emoción
que a tres metros está y a dos me tienta,
que no posee nombre conocido,
pero lo tiene encima, sobre, dentro,
de su piel de muñeca, ojos de hembra,
que tocan todo
lo que mira su boca...
 Qué, sino dulce tentación,
malabares hago ahora mientras miro
para quedarme quieto
y no tomarla,
en el juego de mostrar cartas marcadas
para ver las que tiene el enemigo,
menester es guardar esa apariencia
de que todo lo que tiembla
por deseo,
nada pide,
nada necesita,
y está muy bien atada la jauría
tras hábitos veniales
y buen gobierno...
Mis ojos son de fuego que se asoma,
y ella se sonríe, enaltecida,
va hasta el wáter que queda en una esquina
y se toma cinco ácidos minutos,
medio bar hace gárgaras de aliento
pues atados a su íntima elocuencia,
solo esperan que ocupe ya su sitio,
para ver cómo sigue
la secuencia...
Nadie llega,
la muñeca se halla sola,
no merece la más mínima indulgencia
por venir a volcar nieves ardientes
sobre mi y todos los presentes.
¿Le pregunto su nombre?
digo el mío,
tan lenta y dócilmente como puedo,
luego extiendo mi mano
mientras digo,
esas divinas cuatro letras cortas
que componen mi cálido apellido...
¿Cómo?
Se apellida usted amor...
o es una broma...
Realmente,
inicio, aventajado,
cuando veo que su atención ya me he ganado,
es el nombre de un hispano del medioevo,
que quiso convencer que era letrado,
siendo solo un pobre conquistador
que no tenía nada bien ganado...
Ella miró, miró...
y sonrió...
Aún estamos juntos ella y yo,
lo hizo mi apellido, cuatro letras,
amor que habla dúctil
desde adentro y sabe sus guarismos emplear
para llenar de fe
las diferencias...

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
• Copyright ©
 
(En la foto, Ernest Hemingway)

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